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martes, 25 de enero de 2011

Los fractales de Helen (I)



Todo comenzó cuando el fruto del ciruelo reclama su muerte para intuir la tierra… y eso mismo le estaba ocurriendo a Helen Midle pues presentía el ciclo. Y la vi. Yo era el derrame de una ciruela encendida.
Le bruñía la piel con la fiebre y su aliento olía a ecuación de saliva y vapor de caracola. Hundió la pulpa en la boca y refregó el friso meloso en ella. Así es como la fruta parió al paladar de Helen. Desde aquel instante ansió repetirse. Se acordó entonces del día en que su padre le reveló que el agua de la fuente de Sant Pau en realidad siempre era la misma, que una y otra vez lamía idéntico contorno para enseñar su única lengua…
      
        A partir de ese momento no entendió su existencia como algo distinto a un inevitable y fraudulento circuito cerrado. El cauce de la inmortalidad como tal era para ella una entelequia destructiva e incluso aberrante. Es decir, no compartía la idea de que el ser pudiera eternizarse de manera lineal sin liquidar etapas. Por ello Helen planeó alguna irregularidad en la espiral que le permitiera clonar su propio ciclo una y otra vez. Pero no con el hartazgo sostenido de aquella fuente sino de alguna manera que contuviera la trazada invasiva de lo imperecedero…
        Apuntalando sus brotes capilares a toda su estructura se alzó; inyectó más vacío a la atmósfera y, esquivando los despojos de aquellas cárdenas medusas disfrazadas con la piel de las ciruelas, se marchó hasta la casa. Una vez allí hizo posar, sobre su ceñida mesa circular, a un leño, a un hueso y a una concha pródiga. No podía perder más tiempo ya que sus ojos habían convenido con el párpado ser tozudas lúnulas de brillo negro. Al domar las nalgas a la silla, pues era una mujer dividida que aspiraba a seguir tricotando cielos, sintió quemazón genital, pero nunca aplacaba el picor… revivía el pellizco que la madre reventaba en el hombro cuando la niña Helen encontraba su sexo escocido y la doble perforación del desencuentro allí continuaba. Por todo ello le abrasaba cuando sentía ansia. Y el recurso que escondía Helen para no conferirle la mano al pubis era presentir preludio de picazón en el escote y dejar caer allí las uñas por si acaso, razón por la que tenía el escote como una reyerta de patas urticantes.
       Respecto al leño, el hueso y la concha pródiga… es que siempre las tenía a mano,… desde que jugó por vez primera con Lui, su hermano. Había decidido sepultarse el día de su muerte con las tres odas a la levedad, de modo que en las venideras etapas de sopor tendría que embeberlas en el puño…¡qué más daba si el sudor competía con el picor! Lo importante era mantener su voluntad al margen…

Fue fácil no solo planificar sino ejecutar aquel proyecto clonador del ciclo de Helen: si el fin consistía en reiterar su verdadera existencia, el medio para lograrlo vino de la mano de su medicación pues durmiendo abundantemente lograría soñarse a sí misma infinitamente.

En su estado inaugural las visiones de Helen eran de una introspectiva delirante: unos dedos cubistas se erizan sobre un pomo verde como las púas de un rastrillo. Entonces irrumpe una servil portera con el rostro de Helen y, con un hombro perforado por un gran anzuelo untado en pelo cenizo, abre la puerta. Aparece otra Helen que atraviesa el recibidor al tiempo que saluda a la guardesa e indómitamente tropieza con el ojo del vecino, un señor idéntico a Helen que viste de traje. La Helen víctima del obstáculo ocular  seduce al ojo comenzando a inflamar los labios con un guiño de boca pues sabe lo que le gusta al caballero. Mientras el beso de aquella Helen acaba siendo un pezón de aire, otra Helen, la esposa del vecino, llora y desgaja la carne de su esternón. En otro sueño, pongo por caso, las entrampadas gradas de un campo de fútbol detonan al unísono millones de voces idénticas que rebuznan la misma frase una y otra vez: orine en el tarro, Helen. Todos los asientos son ocupados por miles de clones de Helen mientras en el centro del campo, entre la hierba, hay otra Helen en cuclillas intentando, con el pantalón replegado en sus tobillos, atinar su orín en un recipiente traslúcido…

Progresivamente, la ensoñación de Helen le otorgó el gozo de poder vegetar con rostros anónimos pero la totalidad de personajes que protagonizaron sus delirios siguen siendo ella.

Entre ambos mundos, el de la realidad y el de los sueños, la paradoja consuma su obra: nuestra Helen-consciente siempre ha actuado según la voluntad de su entorno. Unos la desearon lasciva y lo fue. Otros la aceptaron anárquica y el desorden se llamó Helen. Algunos le impusieron pasión por Tchaikovsky y la tuvo. Un amante la proclamó sumisa y, trémula, rendía nalgas. Una amiga la declaró experta y tejió como nunca… Insondables y adulteradas connotaciones, algunas íntimamente contradictorias, se regocijaron en una sola carne. Paralelamente, nuestra Helen-sumergida aspira a ser ella misma en infinitas y variopintas carnes, invadiendo a todo cuerpo que el ansia de la reafirmación le conceda devorar.


Acompañaré a Helen en todos sus fractales,… ya me he ungido de ella… con el parto de la ciruela.




          (Imagen cedida por José Valdés Ortiga)


Licencia de Creative Commons
Los fractales de Helen by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

domingo, 16 de enero de 2011

Teclología






 
Al fin las yemas
Pertenecen
Al reino del lamido.
Poseídas,
Penetradas por la lengua,
Estremecen a la tecla,
Despreciando la uña
O la reyerta.
Y aquel músculo mojado,
En sendos alambiques
De lava convertido,
Colmados de diez filtros
A la boca roba el labio
Al destilar artículo.

No siento la mano
Cual cardumen
De apéndices huesudos.
Palmar insurrecta
Con dos tentaculares lenguas
Que beben ajenos intersticios
Pulsando letras.

Enluto así el fulgor de la pantalla.

Y ahora que está todo invertido,
Tropiezo con el ceño,
Mi hombro ruborizo,
Las venas las encrespo
Para formar colmillos.

Descubro que la niebla
También se vomita,
O que un seno grita
Al escanciar la grieta
Del contiguo.

Y si el mar
Canta calambres
Con la ola,
O la sangre del volcán
Debe a la piedra
Su hemorragia,
Voy a volar
Tan sólo con la tecla.





Licencia de Creative Commons

domingo, 9 de enero de 2011

La Selva de Selvas

  

   Algunos de los rincones que integran el Universo de la Fantasía son transportados al mundo real en forma de parches escritos. Sí, es un proceso realizado mediante el uso del lenguaje, de nuestro lenguaje, inventado, por tanto, en este mundo y ajeno a la peculiaridad o, mejor dicho, a la anomalía del mundo fantástico. La palabra ha sido fraguada en el taller de lo humano pero, de momento, es lo único que tenemos (¡y gracias!) para intentar acercarnos a una digna descripción de sus delirantes espacios.


   El descenso, con su doloso lamido, comenzaba a oprimir las rodillas armadas de los guerreros, pues toda bajante acelera el ritmo a cambio de dolor. Pero el inicio de ecos silbados y otros sonidos anónimos que se empujaban entre sí para alcanzar al sigilo de la tropa distraía cualquier extenuación. El sendero empezaba a ser escoltado por una tumoración de tallos azules de crecimiento anillado que tendían sus círculos a lo largo del borde del camino para ser la voluptuosa envoltura de la travesía de la tropa. La altura de estos aros duplicaba a la de los soldados y de su órbita brotaban esquejes en forma de largas agujas que se ensartaban unas con las otras para buscar la mordedura de una especie de vesículas vegetales de pálida membrana con estrías violáceas. Estas ampollas, quizá con la apariencia de labios mortecinos rasgados por el rubor del hematoma, estaban rellenas de una poción traslúcida en la que parecían refregar sus espasmos miles de semillas rojizas. Tras ellas la efigie vigilante de la madera cuyo porte distante era abortado por la acrobacia de infinidad de insectos diminutos y de aves extrañas para los intrusos. De hecho Sarpo, que cepillaba con una de sus pupilas la alineación de aquellas huellas, reservaba su otra retina para sorprenderla con las nuevas especies de flora y fauna que entretenían el paso de los soldados. Sin desdeñar del todo el estado de alerta todos ellos se recreaban con el magnífico despliegue animal de la Selva de Selvas admirando, de un lado a otro, y de arriba abajo, todo cuanto les aparecía a su paso, como si de una expedición turística se tratara. Su marcha sostenida por la pendiente les permitía deleitarse más allá de lo necesario y tal condescendencia era hábilmente justificada por el Gigante pues era consciente de que la franca bajante era tortuosa y de que una vez abandonaran Silce no habría tiempo para la contemplación. Seguían sin púlpito celeste pero la luz era como el halo de cualquier amanecer.
  
   Una bandada de espinas aladas aproximó sus filos hasta la retenida curiosidad de los guerreros para aletearles los brillos purpúreos del stelion. El abdomen de estas aves era como una fina astilla anaranjada, prolongada y ligeramente curva. Su extremo superior trinchaba un cráneo en forma de media luna rojiza y escarchada de diminutas plumas verdes entre las que se apretaban dos globos oculares ambarinos que ocupaban la posición central de la cabeza. Lo realmente hipnótico era vislumbrar como, al tiempo que revoloteaban, iban meciendo dos péndulos que colgaban de sendos lados de la cabeza del pájaro. Al aproximarse hacia los rostros de los óminos pudieron algunos de ellos revelar que sus desarrollados lagrimales se ahorcaban en un manojo de hilos imperceptibles que pendían de aquellos para acabar en discos plumados del mismo color pupilar. Y el pezón inferior de la media luna debía ser el pico de estas insólitas aves pues por tal vértice bañado en plumón emitían un graznido opaco y jubiloso. Aunque más que aletear tiritaban el músculo afilado que poseían como cuerpo para que el temblor les batiera la anarquía del plumaje, pues las alas no eran más que lechos de pluma que habían germinado hacia todas direcciones pareciendo, precisamente, un batido plumado. Cuando saciaron su delirio por el fulgor de las armaduras desaparecieron entre troncos y aros vegetales sin aplacar sus reclamos.

   Al tiempo que las aves eclipsaban su cercanía un ser blanquecino y sin vello movía sus cinco extremidades para erizar el grano del sendero y seguir su rumbo hacia el otro lado. Eran cinco apéndices carnosos los que le proporcionaban un asombroso avance, pues la evolución de su uniforme movimiento era invisible a los ojos de los guerreros ya que éstos tan sólo apreciaban el cambio de posición tentacular como una superposición secuencial de imágenes. Algunos óminos se impresionaron al encontrarle a esta especie animal el parecido con una mano errante pues su estructura era similar: cinco patas delanteras coronaban un muñón desierto de la misma forma que los dedos rodean la palma. Pero el lechoso aliñado de la epidermis y su inquietante andadura sacrificaban su lúdico aspecto para tornarse fantasmal. Cuando hubo atravesado la senda postró la trasera de su muñón albino para defecar en el margen un plasma caliente, coagulado y oleoso cuyos vapores comenzaron a punzar al olfato más próximo, el de Sarpo. Se propagó el escocimiento con la descarga propia del relámpago y los guerreros apresuraron el paso para rebasar aquel cáustico cuajado. Cuando Sarpo retomó su posición inicial para proseguir rastreando la investidura del reino de la senda se encontró con un revuelto de arena tan cardado que le era del todo imposible distinguir, entre tanto bullicio de polvo, el paso de los óminos desconocidos objeto de su experto don explorador. Había impresas huellas de todo tipo como si el cauce del sendero fuera un largo retablo cabalístico de todas las especies de la Selva de Selvas.

   De pronto la atmósfera selvática empezó a supurar su cristalina esencia. Un infinito goteo impregnó la arena, la madera, los tallos, la hoja, las armaduras, todo. Pero las gotas no se comportaban del mismo modo que lo hacen cuando caen siendo lluvia, pues no se desprendían desde arriba para despeñar su breve identidad sino que cada gota nacía de cada poro de aire como si éste fuera víctima de una extendida sudoración o quizá como si el propio aire fuera barro de cántaro tan henchido de humedad que extasiara su rezumar. El fenómeno era definitivamente extraordinario pues en algunas porciones de ambiente el destilado de partículas líquidas era tan copioso que distorsionaba la perspectiva de manera prodigiosa: granulaba la visión del paisaje espumando para ello la imagen. Y es que la secreción termal nacía de cualquier recodo de la atmósfera de modo que hasta la piel del rostro o incluso los ojos de los guerreros concebían la creación de cada partícula como si fuera su propia dermis, o incluso sus córneas, las que rezumaran.



   Con este fragmento de Tierra Naciente y, precísamente, por respeto a sus revelaciones, cierro el ciclo fantástico dedicado a este planeta.






    Imagen perteneciente a óleo de Wolfredo Lam titulado "The Jungle" (1942)

                                                         


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La Selva de Selvas by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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