Hay apariencias que no terminan de cumplirse nunca porque habitan
una estela como sucede en el reino de la rueca. Es en éste donde una nube lanar
va menguando su volumen tras atravesar la rueca, pues la función de la rueca no es otra que la de doblegar la densidad de la nube
para disfrazarla de sedal o, en este caso, de estela. No obstante, en los
intersticios de la rueca siempre quedan restos de nube, pequeñas trazas que
muestran el verdadero origen del hilado. Quiero
decir que una misma verdad puede revelarse idénticamente, tanto en la desmedida
de sí misma como en la precisión de sus restos.
En esta crónica los instintos son al hombre lo que la nube es a la
rueca. ¿Quiere decir esto que el hombre es una rueca para sus instintos? Sí, a
veces.
***
Yorel nació sujetándose el llanto para estrellarlo contra el pecho
de su madre pues sintió desde el principio que era en aquel lugar donde debía
detonar sus emociones.
Y desde que Yorel comenzó a robarle el hálito a su madre, aquel
que Mariela desprendía cuando apoyaba en su esternón la cabeza de su hijo,
ansió ungirse con el estremecimiento único que sólo el seno materno podía
transmitir a su breve cuerpo. Cada vez que Yorel demandaba el hueco de sus
pechos Mariela acudía invadida antes de hora, disponiendo su piel para darle
sentido y de este modo hundir la boca de Yorel en este cónclave sencillo que
une ambos pechos para formar el busto. Así fue como el valle de Mariela
constituyó para Yorel esa entrañable lealtad entre espacio y tiempo. Fuera de
este vínculo no había nada ni profundo ni amable para Yorel, ni decisivo ni
confiable y el resplandor que recuperaba cada ángulo muerto de las habitaciones
no provenía más que de la luz de ambos cuerpos unidos, el de Mariela y el de
Yorel.
Yorel fue creciendo con una emoción retada pero amable y, si bien
es cierto que no necesitaba, como años antes, frecuentar con la misma sin razón
los senos de Mariela, éstos seguían siendo para él una plenitud disponible en
cualquier caso. De modo que cuando la madre derrumbaba su tibieza en el sillón
del hogar, Yorel, que parecía estar despistado con sus juegos, acudía
inmediatamente a los brazos de Mariela repitiendo ese giro de cabeza para
encajarla en el barranco de piel y glándula de su madre. Una vez allí le urgía
esa sencilla integridad, aquella que su madre comenzaba a negarle en algunas
ocasiones. De hecho, la desnudez de los pechos de Mariela comenzó a ser un coto
abstracto en la mente del niño y se tuvo que conformar con sentir su cercanía a
través de fibras que nada tenían que ver con la tersura de la piel. Su mano seguía
siendo una insistencia que acariciaba el pecho de Mariela para ir derrochando
su contorno mientras la tela se interponía entre ambos. Pronto Yorel advirtió
que existía una íntima relación entre sus incursiones en la piel materna y la
presencia de otros adultos, de modo que evitaba demandarlas cuando ambos no
estaban solos. También se dio cuenta Yorel de que su madre ya no gozaba como
antes de aquellos encuentros y eso le hacía sentir culpable. Ello porque empezó
a advertir que mientras él aproximaba su cabeza la madre lo miraba desde arriba
con gesto de discrepancia.
A la edad de cinco años Mariela ya comerciaba con el tiempo a
solas de ella y su hijo y cada vez que veía acercarse al niño para asaltar su
valle del prejuicio le pagaba con discursos incompresibles para Yorel sobre “la
intimidad del cuerpo de cada persona”. A partir de entonces Yorel cobijó en su
cuerpo el pecho y la piel de su madre para soñarlos aunque ya no era lo mismo.
Pero no se conformó con el palpo imaginario y aprovechó cualquier material y
situación para emular los senos de su madre. Comenzó con la espuma del baño, a
la que daba la forma conveniente. Luego descubrió que el barro puede adoptar la
silueta deseada. También experimentó con arena compacta; una tarde dos puñados
de hojas de otoño se elevaron de sendas manos para formar dos insustanciales
montículos como si el otoño tuviera la misma prisa por mostrar su alegoría que
los bracitos de un niño.
Si bien la ternura de Mariela era como una rama dulce a la que su
hijo podía llegar, también esta ternura era la advertencia de una prohibición
preciosa y es que Yorel ansiaba aquel retorno que sólo podía ofrecerle el
espacio y tiempo del seno de su madre y no comprendía porqué se le negaba algo
tan realizable.
Yorel no se libró del paso por el mundo de la adolescencia. Allí
experimentó otras vicisitudes del nexo con la piel ajena pero nunca semejante a
aquella esencia irreparable fuera de sí misma.
La vida deparó a cada uno su destino pero Yorel, un hombre adulto
y ensimismado, seguía recordando.
Mariela, ya una anciana vivía con el hijo, casado ahora, al
que amaba sobre todas las cosas. Yorel sentía la fragilidad de su madre como una
fuga amable, la última concesión del cuerpo de su madre al suyo porque la ayudaba
con urgencia a subir y bajar cualquier escalera, aseaba su rostro y peinaba sus
tristes cabellos como si se le fuera en ello la vida. Pero el pudor de Mariela
seguía asfixiando sus instintos pues cuando llegaba el momento del baño
integral de su apenas rozado cuerpo, era Rebeca, su nuera, la encargada de
combatir en estas lindes.
Una noche Yorel se despertó sobresaltado al escuchar un minúsculo
gemido que provenía de la habitación de Mariela. Cuando entró en ella vio a su
madre incorporada en la cama aguantándose el llanto para seguir siendo la dueña
de sus silencios. Instintivamente Yorel se levantó la tela del pijama para
apoyar la cabeza de la madre en su pecho descubierto y cuando su madre rozó la
velluda piel de su hijo comenzó a sollozar sin reservas. Entonces Yorel le
susurró en el cabello: ¿Ves mamá, como no era tan pecaminoso? Y ambos se
quedaron así abrazados durante un largo instante que sólo pudo apagar la luz
del alba.


La rueca de los instintos by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Vuelvo a publicar una de las entradas que inauguraron La Emoción Indomable. Espero que os guste y, como no, trata el tema del prejuicio, una constante vital de mis textos. Gracias de antemano por vuestro aliento.
ResponderEliminarMe tocaste la fibra Gabriela¿Tal vez complejo de Edipo?No lo creo,tan solo el deseo de sentir el calor de el pecho materno,aquél que además de alimentarnos nos proporciona una seguridad y un amor indescriptibles.Me emocionó tu entrada y me viene a la memoria el tiempo que estuve amamantando a mi hijo.Aún después de casi 12 años es un recuerdo que jamás se borrará de mi vida y en ocasiones,él apoya su cabeza en mi pecho para sentir el latido de mi corazón.
ResponderEliminarMaraviloso.
Besos.
Mi Gabriela..
ResponderEliminarMe pillas en un momento bastante sensible. Pues yo como Yorel...lo daría todo por reposar mi cabeza en ese "valle".
Te quiero preciosa, por todo que es muchísimo. Un beso, de esos que se dan a alguien super especial.
Como no me va a gustar?
ResponderEliminarEs una historia maravillosa.
Yorel no debía haber crecido jamás.
Me has conmovido.
Besos.
Esto es precioso¡de verdad,que es de lo mejor que he leído.Ay Gabriela¡¡¡pero que arte el tuyo
ResponderEliminarMardre e hijo,que cosa más bonita¡ Besos y bravo¡¡¡
No me la pierdo ni loca, vuelvo que tengo que salir a comprar algo.
ResponderEliminarBesos!!!
15 minuticos y listo, taré aquí con los 7 sentidos.
ResponderEliminarEs precioso. Es muy tierno como en el pecho de su madre se encuentran seguros y protegidos, auqnue ya no vayan a mamar. Con mi sobrino de dos meses nos damos cuenta, que aunque ya haya comido llora y cuando mi hermana se lo pone en el pecho, se esconde debajo de uno de sus senos y se queda dormido. Entre nosotros bromeamos y decimos que ya quiere ir a la cueva, porque allí se siente seguro y duerme como un angelito, lo único que busca es la protección de su madre.
ResponderEliminarAunque claro la sociedad no está preparada para según que cosas, porque por ejemplo pongamos una mujer de 50 años con sus senos al descubierto y un hijo suyo de 20 años recostado allí. A la gente le da un infarto de ver eso, porque nuestra mente sucia y contaminada nos hace ver y pensar siempre en cosas sexuales, cuando no siempre tiene porque ser así.
Besotes.
Pd. Los detalles son mi perdición Gabriela, no se me escapa ni uno.
Hola, Gabriela, llegué a tu blog por un contacto y me pareció maravilloso, desde las entradas hasta la estética, voy a seguirte, si tienes ganas, te invito a pasar por mi espacio.
ResponderEliminarUn saludo desde Argentina.
Humberto.
www.humbertodib.blogspot.com
Gracias por tu comentario en mi blog,Señora Letrada¡De verdad,que es de lo más bonito que he leído hasta ahora.( y lo he entendido "toíiiiiiiiiito" Besos.
ResponderEliminarEstremecedoramente delicioso. Realmente nada pecaminoso. Los prejuicios, siempre los mismos, atancando fuerte, ensuciando lo que desde un principio fue limpio. Gabriela, gracias por tus palabras en mi blog, haces que me sienta especial, pero no lo soy. Dudo mucho de las cosas que hago, lo que pasa es que voy hasta contra mí misma para poder publicar, porque si me llevo de mí, de mi razón, no hubiera empezado jamás un blog. Por eso no me hago serio caso, me hago, pero seriamente. No te haré largo todo aquello que soy en esto comentario, porque soy tantas cosas que al final no soy ninguna. Y cuando me encuentro es cuando realmente me doy cuenta de lo perdida que estoy. Odio llegar a esta conclusión, pero llego porque toca porque algo que aún no comprendo debo comprender y no sé cómo. El cómo es lo más difícil para mí, cuando por fin supere el escollo del "¿por qué?, puede que con el cómo pueda abrir las puertas que me permitan avanzar en todos los sentidos. Y ha de ser así, pues estoy muy acostumbrada a ser una hoja. Y ¿ves?...he seguido porque me creo protagonista, me creo Dios y no soy Él...y puede que no me guste su empleo. Parece que me gusta ser pretenciosa. Por favor no digas que no me castigue...sé distinta en este sentido, aunque no lo seas. Pasar por esto es normal aunque yo no puede aceptarlo así. Perdona que he continuado conmigo en vez de seguir contigo, en vez de prestarte más atención y hablar sobre lo que has escrito. Realmente me gustó mucho.
ResponderEliminarTe dejo un par de besos bien grandes. Y un profundo agradecimiento por gustar de mis letras. Realmente te estás convirtiendo en alguien importante para mí. Tal vez las glándulas en que recostar mi cabeza no sea pecaminoso. Hasta pronto!!!
Buenas tardes... Desnudez y prejuicios,
ResponderEliminarcuerpo libre para el contacto de sensaciones,
al igual que altitud y latitud,
ha de ser la razón para vivir.
Gracias por tu visita y sentir
Es una maravilla de relato,como lo narras y consigues que las palabras se vuelven imágenes en el cerebro.
ResponderEliminarSupongo que un psicólogo tendría mucho que decir de un comportamiento así, pero a mi, me parece conmovedora esa unión madre hijo y su vencimiento a los tabúes del contacto de la piel.
Salud.
De la leche al pensamiento y en medio todos los escalones en los que se confunde piel y palabras intercambian y enredan sus terminaciones nerviosas. A veces el discurso -y eso creo que sucede con tu texto- permite ver que esas estaciones superadas (y en adelante proscritas) no son como puertas de habitaciones sino más bien como teclas de un acordeon. Su vecindad es fundamentalmente armónica.
ResponderEliminarSaludos desde la Olla
Todos somos transformistas, o habríamos de serlo. Darwin lo dejó todo muy claro en su trabajo. Nos arropamos "cultamente" de formas y poses perdiendo el vital instinto. Estupenda narración. (Este es el segundo comentario -no es queja-. Algo pasa con el sistema). Un abrazo.
ResponderEliminarMi querida Gabriela,tienes un regalo en mi blog,en la parte superior.
ResponderEliminarBesitos.
Pues te felicito, como siempre, por escribir con esa forma tan especial que tienes para decir las cosas a modo de que enganchas al lector, pero va otro reconocimiento para Julio Díaz-Escamilla por haber encontrado este texto de aquel pasado Noviembre, bien por su ojo curioso.
ResponderEliminarY bueno, Yorel solo no dejo de expresar lo que muchos de nosotros callamos, porque cuando nosotros somos arrancados de ese sitio magico donde pasamos nuestras primeras emociones, nos quedamos sin refugio, lo lamentamos y quisieramos volver, pero nos dejamos embargar por ese prejuicio "Marielesco" y nos forzamos a buscar otro sitio de cobijo, que nos iempre resulta en una buena experiencia.
Ni hablar, nunca es tarde para aprender, y ojala Mariela lo haya comprendido en carne propia, bien por Yorel... y muy bien por Gabriela :)
Besotes!
Es un bello relato, un ciclo que transfiere entre los personajes sus distintos estados, compensándose. Lamento el tiempo escaso que me impide mejorar mi comentario, pero sí, me ha gustado. Tiene descripciones muy bellas. Besos.
ResponderEliminarCon tus relatos nos estás regalando imaginación, además, haces que vayamos imaginando lo que narras tan maravillosamente bien.
ResponderEliminarUn abrazo.
Rebuscando en el ordenador algo interesante que llenara el vacío de un día monótono al cuadrado,dí con tu magnífico blog,Gabriela.y mira qué cosas tiene la vida,has resultado ser la hija de mi buena amiga y compañera de fatigas poéticas,Trini.Ha sido una muy grata sorpresa.No nos conocemos,pero le prometí a tu madre enviarte un saludo y lo hago con mucho gusto por el aprecio que le tengo a ella pero,sobre todo,para felicitarte por tu estupendo blog.Mi nombre es Asun,(el verdadero es muy largo).Tal vez,un día nos conozcamos.De momento,ha sido un placer conocerte literariamente Gabriela.Un saludo.
ResponderEliminarAsun, me alegra mucho tu visita. De hecho le pregunté a mi madre, cuando me habló de lo bien que escribías, si tenías blog. Me dijo que escribías de vez en cuando en Me llamo barro, así que te leeré allí. Es un placer leerte aquí y espero pronto conocer algo de tu poesía.
ResponderEliminarUn beso enorme.
Hermoso tu texto Gabriela. Contenido tierno, planteamiento de una situación que a veces se da, y una forma de decirlo con gran dominio de las letras.
ResponderEliminarConozco a un viudo de ochenta años que vive con su madre de 101 años, y se que la baña, viste y cuida como a una niña.Y eso a menudo.
Un abrazo,
roberto
"La rueca de los instintos" Me embarga de niñez, donde el pecho materno que me hacia cobijo se me fué un día en un accidente y me dejó buscando un remplazo en mil pechos de mujeres que, aunque intentaron, jamás dieron su calce.
ResponderEliminarEl nombre del protagonista Yorel me es cercano. Sabes que escribo con el seudónimo de Nidael, pero que mi nombre es Daniel. La terminación "el" en los nombres masculinos están referidos a Dios.
Describes a tus personajes de una manera tan especial. tan cruda, tan humana que dan ganas de cobijarlos tenga uno o no ese especial calor de pecho.
Un placer - ya lo había leído en otras visitas a tu blog - pero no comente. Ahora cumplí.
Besos
Es todo un canto a la relación más primigenia, más amorosa, más esencial y eterna que existe entre madre e hijo. Una relación que vive en el centro de los afectos, que trasciende en las sucesivas generaciones.
ResponderEliminarUn texto muy bello y emocionante
Un abrazo
Mucha "rueca" en el preámbulo del relato. A pesar de ello, al final, sin embargo, la historia interesa.
ResponderEliminarFeliz año, G.